8 de marzo de 2011

Entre la memoria y el olvido (2010-2011)

“La actividad creativa siempre está entre la memoria y el olvido".
Jorge Luis Borges

“El trabajo del artista es profundizar siempre en el misterio".
Francis Bacon


Siempre me agobió la constante presión de tener que ir a más, de correr hacia el futuro. Hoy no tengo tanta prisa, y quizá por eso me pregunto: ¿qué quiero hacer ahora? Tarde o temprano debía de moderar mi paso, mirar atrás y recordar los primeros años de mi vida que transcurrieron a saltos entre México y Guatemala.

No hace mucho, tenía miedo de recordar, hoy, lo que temo es olvidar. Por eso, emprendo la tarea de disipar la amnesia a través de la recreación visual de mis recuerdos. Ejercicio nada nuevo, lo sé, pero valiosísimo para recuperar mis imágenes más lejanas y darle otro rumbo a mi pintura. Escarbar en la infancia y en la juventud ha sido práctica común en el arte de todos los tiempos. Karl Jung consideró la actividad creativa como una expresión de formas arquetípicas: "Quien habla con imágenes primigenias, habla con mil voces (...) liberando a esas fuerzas benefactoras que desde tiempos inmemoriales han permitido a la humanidad escapar de los peligros y soportar la noche más larga. Ese es el secreto efecto del arte."

Esta serie es un repaso incierto de mi pasado (un pasado más bien negado que olvidado), es, además, un acto de introspección, de resistencia y nostalgia. Trabajando en ella, aprendí que toda imagen perdida y fragmentada es potencialmente recuperable por la intuición. Serie más íntima que anteriores, pero sobre todo, más próxima a la Naturaleza. Nunca imaginé cuántas sorpresas me guardaban mis recuerdos. Escarbar en ellos y en la sensación de vacío que acusa el olvido, fue trenzar insospechados lazos con los momentos más verdaderos, con esas huellas de vida que son nuestros primeros encuentros con el mundo; percepciones tan especiales, y que conservamos para siempre como modelo.

Indudablemente, todo arte, conocimiento o mito, se remonta a la infancia, etapa en la que aprendemos a conocer las cosas (imágenes, palabras, fábulas, sonidos, experiencias). Entendemos mejor lo que percibimos ingenuamente, en un primer momento, único e irrepetible, que nos conmueve profundamente; instante de sobresalto y sorpresa, incluso de terror. Recorrer nuestro paisaje interior y revivir esos brevísimos destellos, ilumina la imaginación y genera fértiles territorios creativos. Evocar una imagen original abre la posibilidad de transfigurarla y singularizarla como un nuevo referente. Así, toda experiencia infantil reelaborada en la madurez, proporciona nuevos puntos de partida. Conmueve recordar la primera vez que nos conectamos simbólicamente con la Naturaleza (animales, plantas, paisajes), la casa (habitaciones, muebles, objetos), la escuela (salón de clases, patio, útiles, juegos) o con las personas (parientes, amigos). El valor emblemático que adquieren ciertos recuerdos tiene que ver con el misterio personal y las expresiones inconscientes de cada quien. Todo esfuerzo por recordar encierra un enorme valor: el valor de conocernos, de descifrar cómo somos, y, aunque sea un proceso complejo e inacabable, es importante para todo hombre —no sólo para el artista— intentar desvelar los secretos que guarda su memoria. Cuando olvidamos, las imágenes se "fugan", se pierden, o, en el mejor de los casos, permanecen ocultas en alguna parte. En toda memoria hay cosas que son nítidas, y cosas que son impenetrables, confusas, ignoradas.

En la infancia lo natural es percibir lo que nos rodea ingenuamente. En la madurez se pierde esa pureza y desarrollamos una comprensión menos poética, más racional y viciada, de tal forma que —si queremos ser fieles a nosotros mismos— siempre deberemos de volver a hurgar en los secretos de nuestro origen. De niños construimos una mitología personal. Es el tiempo en que se define nuestro destino, etapa en la que aprendemos a nombrar las cosas, a ordenarlas. Cualquier idea o imagen se asocia a la palabra, cuya fuerza mágica y poder evocativo permiten desenterrar un momento con sólo nombrarlo. La palabra reproduce un instante, nos remite a él y recrea un acontecimiento lejano, lo conmemora y revive. Muchos de nuestros actos están íntimamente relacionados con la ceremonia de repetir y actualizar un recuerdo. Asimismo, toda creación artística surge de la memoria, de la repetición de actos simples que a fuerza de convertirse en rutina, resurgen como milagro, como revelación. Pero recordar, también genera sentimientos dolorosos porque choca con nosotros mismos, con nuestro pasado y nuestro destino. Recordar es enfrentarse con la realidad perdida, con la certeza de que lo hecho no volverá. Sin embargo, estoy convencido de que cualquier esfuerzo por conocernos y toda voluntad de futuro, deben de pasar por un obligado retorno. Esa es la razón de esta serie.  

Quiero volver a la infancia.
Y de la infancia a la sombra.

 Federico García Lorca


Llegué a México muy pequeño, aún sin cumplir un año. Vine con mi madre, mi tío y mis abuelos maternos. Desembarcamos en Veracruz como desplazados tardíos de la Guerra Civil española. Desde entonces, el exilio y la orfandad han estado siempre presentes en mi vida; la falta de un padre y de una patria en sentido estricto, así como el temprano alejamiento de mi madre que se marchó a Guatemala dejándome al cuidado de mis abuelos, marcaron, sin duda, mi carácter. Crecí tratando de recuperar algo perdido, algo que todavía me impide ligarme plenamente a un lugar y que aún me produce sensaciones de aislamiento e inseguridad. Como muchos, percibo la patria como el sitio donde descansan nuestros muertos, y por ello, alguna vez temí vagar eternamente entre sombras extrañas. Me alivia de esa angustia, una vital, incrédula e irreverente actitud existencialista adoptada en mis años de formación, y, ahora, por la inexorable y triste razón de que ya son varias las pérdidas familiares que suma mi vida en esta tierra mexicana.

Cualquier exiliado “con memoria” anhela volver a lo que dejo. Yo no puedo sentir eso, es imposible añorar una realidad que no conocí. Como otros hijos de refugiados, mi memoria es irrecuperable. Provengo de una generación que me heredó una nostalgia radical que se refleja en mis actitudes y pensamientos, como por ejemplo, en el convencimiento de la imposibilidad de trascendencia (sin raíces claras, no puede esperarse un futuro claro), idea dura de aceptar para cualquier artista. Sin embargo, yo asumo sin ningún problema mi condición de desarraigo, pues poco, o mejor dicho, nada me importa la posteridad. Veo mi pasado con simpatía y acepto felizmente que nunca estaré integrado a ninguna comunidad, y que todo esfuerzo que haga por lograrlo sería ilusorio. Siempre me ha sido imposible adaptarme a ambientes y pautas culturales invariablemente ajenas.

Regreso a mi serie. Cuando pinto me importa más la emoción que la razón. No soy un intelectual, aunque a veces lo parezca; tampoco soy un artista conceptual. Pinto por instinto. Mis textos sólo sirven para señalar una ruta, para aclarar la dirección en que pienso caminar. Tienen la simple intención de ayudarme a pintar, por eso los hago. Teorizar me es útil para ubicar, contextualizar y relativizar mi trabajo. Lo que me gusta es pintar, y lo que más me preocupa es la parte artesanal de mi trabajo. Tardo mucho en resolver una pieza, no digamos una serie completa. Debajo de cada cuadro hay varios, que de una u otra forma, no me gustaron y decidí tapar. Trabajo sobre trabajo, ensayo y error, esa es mi forma de pintar. Si me esfuerzo en explicar lo que hago, es también por reacción al abuso de los críticos y especialistas que con la palabra abusan de su poder. He visto cómo muchos artistas van detrás de ellos mendigando una crítica, un comentario. Dan vergüenza.

Con el tiempo he ido “esencializando” mi pintura, haciéndola más elemental y estricta. Me gustaría que mis formas se manifestaran en su expresión más pura, con los rasgos mínimos y con la mayor solvencia plástica posible. En esta serie trate de lograr un buen resultado a partir de criterios reductivos, por lo que continué simplificando mi lenguaje abstracto como en series anteriores; no a la manera de una pureza reductiva tipo Mondrian, o por medio de la literalidad minimalista, si no más bien, a través del rescate de las primeras imágenes guardadas en mi memoria. Procuré hacerlo sin ornamentos ni distracciones, y me esforcé en conservar su ingenuidad original, en un ejercicio más bien próximo al arte o la escritura oriental y a la pintura primitiva.

No me molesta que mis cuadros perturben, incomoden, aunque quisiera comunicarme siempre afablemente con los demás. Lo importante es decir algo. Tengo demasiado orgullo como para reconocerme un mal pintor y sé hasta donde puedo llegar. Siempre he vivido por debajo de mis ilusiones y he pintado ya lo suficiente como para entender de qué se trata todo esto. Soy esforzado, puntual y ordenado. Trato de ir lo más lejos posible, pero no a cualquier precio. No comparto esa absurda idea de tener que sacrificarse en aras de la creación, así como tampoco creo que la felicidad sea sosa y el sufrimiento fuente de inspiración. Me parece perverso pensar que sólo pueden ser artistas los desdichados, y que la felicidad es embrutecedora, vulgar o burguesa. Si así fuera, cualquiera querría ser pobre e infeliz. Procuro llevar con buen ánimo mis preocupaciones y veo la vida como lo más importante, lo único importante. Me gusta comenzar cosas nuevas. Lo mejor es empezar, cuando falta esa sensación uno siente morir.

Conozco a varios colegas que la pintura no los ha vuelto mejores. Una pena. Veo mi trabajo no sólo como un privilegio que me cambió el destino, sino también como función vital que me enseña algo distinto cada día, me muestra mis debilidades, me hace paciente y disciplinado, y lo más importante, me ayuda a tolerar la estupidez, a defenderme del odio, la agresividad y la envidia de algunas personas. Si bien es cierto que lo que está pasando en este país me está amargando el carácter, la pintura me protege de vivir permanentemente encabronado y me anima a levantarme cada mañana con ganas de enfrentar nuevos desafíos.

JB

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